|
Suave, picante, cremoso, de aroma penetrante, el queso ha sido desde la más remota
antigüedad, una de las más notables creaciones gastronómicas. Era un alimento habitual en los tiempos bíblicos.
Once mil años antes de Cristo, el habitante de Europa y Medio
Oriente había aprendido el valor de la ganadería y domesticado a unos bóvidos llamados
uros. Ordeñaba y guardaba su leche en odres de cuero -bolsas hechas con los estómagos de los rumiantes- y recipientes de madera. Cuando quería calentarla, lo hacía con piedras previamente puestas sobre el fuego. Cuenta la leyenda, que algún curioso o hambriento pastor probó en cierta ocasión, la pasta uniforme en la que muchas veces, se transformaba la leche por acción de unas enzimas naturales que permanecían en las bolsas, luego de un tiempo de estar guardada en aquellos recipientes fabricados de cuero. Y no la encontró nada mal. Desechó el suero -líquido transparente que exuda la leche cuajada- y estudío la manera de producir la pasta sistemáticamente.
Había nacido la industria quesera.
Al igual que en la
Roma Imperial y antes que en ella, el queso era popular en
Grecia. Dicen que Penélope, símbolo de la fidelidad conyugal en la Odisea, además de tejer y destejer su
interminable tela esperando a Ulises, se entretenía fabricando sabrosos quesos para amigos y parientes. Lo cierto es que poco a poco la fama del queso se fue extendiendo por todas partes, muchas veces con la ayuda de los monasterios europeos, cuyos monjes tenían debilidad por la gastronomía.
La palabra "queso" proviene del latín "caseus". El "fromage" de los franceses tiene su origen en la palabra griega "formos", que se utilizaba para designar a la canastita de mimbre donde se le quitaba el suero al queso en Grecia.
Españoles, portugueses, holandeses alemanes e ingleses usuaron la raíz latina (ques-queijo-kaas-käse-cheese), mientras que italianos y franceses se volcaron hacia la denominación griega
(formaggi-fromage).
|